
María se encontraba con su tocaya cada día en las mañanas. Habían sido amigas desde que tenían uso de razón y pese a todo el tiempo que había pasado, siempre encontraban muchos momentos para juntarse a conversar. Habían crecido juntas en el mismo lugar, por lo que sabían cada detalle de la otra; su forma de llorar, se gritar, de reir, sus enfermedades, sus vicios, obsesiones, amores y todos esos detalles que una mejor amiga conoce. Cada vez que se encontraban pasaban horas juntas, como si sintieran que cada encuentro sería el último.
Un día comenzaron a discutir si las superticiones eran ciertas o un mero invento del ocio popular, por lo que decidieron romper el espejo que colgaba de la pared de María de un sólo golpe. El viejo espejo de nácar se partío en muchos trozos, y pese a no tener los siete años de mala suerte, María jamás volvió a ver a su amiga completa, sino que únicamente en los fragmentos que habían quedado esparcidos en el suelo.