Mostrando las entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

viernes, octubre 05, 2007

Te quiero


Alejandra no había podido conciliar el sueño esa noche, se encontraba perdida y vagabunda entre sus propios pensamientos. Ni siquiera se atrevía a abrir los ojos, el éxtasis interno la mantenía acalambrada hacia dentro de su propia existencia; gemía en silencio, olvidada. Yacía dentro de su cama, tapada con muchas frazadas que se presionaban contra su frágil cuerpo en tono invasivo, y ella, recogida como un huevo, soltaba una lágrima, una última gota. Se había prometido no llorar nunca por amor, por encontrarlo terriblemente siútico y estúpido, no quería permitirle a nadie tener el gusto de sacar al exterior su fuero interno, pero nunca lo pudo lograr. Sollozaba.


¿Qué te pasa? – le había preguntado María al verla en esa actitud catatónica. Vestida con esos suéteres de hippie de neoliberalismo, la miraba con una preocupación un tanto exagerada. “¿A mi? Nada.” – dijo Alejandra tratando de evadirla, era su mejor amiga, pero siempre la evitaba, como si fuera una plaga, o tuviera alguna enfermedad contagiosa. Le temblaban las manos al verla demasiado cerca, y en ningún caso podía mirarla a los ojos, se turbaba y caía perdida. Se recogía en sus propias sábanas, tratando de escabullirse de todos sus recuerdos, como si quisiera borrarlos de forma rápida y precisa.


“Oye, ¿que te pasa?”- insistió. Atropelladora y ofuscada, María entrecerraba los ojos para mirar a Alejandra y descubrir que cresta tenía. Callaba esperando una respuesta que no venía, que ni existía, que no se concebía en lenguaje verbal. Se mantenía de forma icónica en la cabeza de Alejandra, enferma y silenciosa. Se abstraía y viajaba dentro de las propias páginas de su diario, porque era éste su único, y digo realmente único, confesor de las acciones y pensamientos que se iban emitiendo. María lo sabía, y no le importaba, en realidad no era copuchenta, no le importaba saber cosas que no querían contarle, ni dar especulaciones o inventar cosas. Ella no esperaba nada de nadie, y era así la única forma de que nadie la decepcionaba, en cambio, siempre se llevaba gratas sorpresas. “Te dije que nada” – dijo, y le dio la espalda. La lágrima había salido, aquella que la volvía culpable de todo lo que la propia Alejandra no estaba dispuesta a aceptar. Su excusa, su culpa, su falta. Todo en esa lágrima maldita que se le había escapado por un descuido, por tratar de sobornar a su propia conciencia, dándose cuenta de que es una paradoja hacerlo, por tanto, casi imposible si tenemos en cuenta la perfección de la naturaleza.

“Bueno” – María rendida, desinteresada y preocupada del volante. Había perdido la atención que tuvo por unos segundos, no le gustaba rogar, y mucho menos rogar por algo que en el fondo, no le influía en lo absoluto. O al menos, así lo creía ella. Dieron vuelta a una calle y estacionó en auto con fuerza, para tratar de demostrar que era ella la que tenía realmente el control de la situación. Alejandra abrió la puerta del auto y se sentó en la vereda a fumarse un cigarro.

“María, te quiero” – le dijo entrecortada, respiraba rápido el humo de su cigarro.

“Si, yo también” – le respondió mientras revisaba su billetera, en busca de algún papel o alguna chuchearía del estilo. Alejandra ya no sintió ese frío que tenía en la espalda, no necesitó acurrucarse en su cama a llorar, porque sabía, y de eso estaba segura, que al menos ella la quería.

jueves, septiembre 20, 2007

La historia de la sirena varada



El mar bravo trajo una sirena a las playas de un pueblo un tanto perdido, olvidado en la polvoreda que causa la ausencia total de recuerdos; allí varó. Llegó en una ola brillante, que la empujó con delicadeza, depositandola con sutil belleza en la playa. La ola amaba a la sirena. El mar entero amaba a la sirena.

Pasaron los días en aquella playa grisacea y carente de contacto humano, hasta que pasó por allí una joven. Nunca pasaba por allí, no le gustaba lo gris de la playa, pero vaya uno a saber por qué decidió cambiar de ruta. Algunas personas lo llaman destino, yo prefiero decir que es la magia que producen las sirenas. Y en su caminar la miró directamente a los ojos, y desde ese mismo momento no pudo dejar de observarla.

Eso es lo más bello de la belleza, que cuando uno se la topa, no puede dejar de observarla; es eterna.

Y se quedó ahí horas, días e incluso meses. No se movió ni le dirigió la palabra, sólo miraba a la sirena y la repasaba cuidadosamente de cola a cabeza. Hasta que la sirena comenzó a sentirse observada, y se puso nerviosa.

- Oye, ¿qué te pasa? ¿Por qué me miras tanto?
- emm...no lo sé, supongo que es porque nunca había visto una sirena.

Y la sirena encontró que era un buen argumento y se quedo callada. Permitió que la mirara por unos meses más. Hasta que tanto aburrimiento la mató. Y junto a ella murió su singular belleza. La joven ya no quiso mirar un cadáver de sirena, porque ya no le parecía hermosa ni motivante.

Días despúes la joven entendió todo. No puedes mirar la magia de lejos, tienes que introducirla a tu vida y vivir con ella. No importa cúan absurdo pueda sonar, pero es verdad. Al menos, a mí me ha funcionado.

Y soy muy amiga de la sirena.

viernes, agosto 03, 2007

La Nena




Hoy mientras andaba en micro, pensaba en todo lo que se suponía que haría hoy. Llevaría a una nenita a un bar algo perdido, con poca gente y música a un volumen lo suficientemente elevado como para no notar la soledad en qué nos encontrábamos. La invitaría a un pitcher a medias, y a dos piscolas (o cualquier trago que ella quisiera, pero debían ser dos). Así estaría algo borrachita, y yo podría acariciarla por debajo de la mesa, sin que me dijiese nada. Hablaríamos de muchas cosas, y la haría reir muchísimo. Es importante hacerla reir. Ya tipo 4 de la mañana, estariamos ambos un poco ebrios, y le díria que la iria a dejar a su casa (en taxi por supuesto). Nos sentaríamos en el paradero de micro a conversar, y yo me acercaria de a poquito, y ella también lo haría. Terminariamos con los labios a una distancia escalofriantemente cercana, susurrándonos cualquier brutalidad, y yo la besaría cuidadosamente. Estaríamos ebrios y con frío, pero besandonos al fin y al cabo. Pasarían muchos taxis junto a nosotros, pero yo no haría parar a ninguno, porque estaba feliz besando a la nena. Y cuando hubiesemos separado nuestras bocas, ella se sonrojaría un poquito, y yo le acariciaria la mano levemente. Pararía el taxi, y seguiríamos conversando brutalidades como si nada hubiese pasado. La dejaría en la puerta de su casa, y esperaría a que entrara. La miraria fijamente a los ojos, para que ella se diera cuenta de que no podía dejar de mirarla. (A algunas les parece lindo, a otras no. Espero que ella sea de las que les gusta). Luego, le pediria al taxi que me llevara hasta mi casa, y prendería un cigarro. Llegaría a mi casa, un poco tambaleandome, y metería la llave en la cerradura sin ningún problema.
La micro se detuvo, y yo me bajé. Eran las 12:oo pm. La nena me había dicho que estaba de novia con la chica que vive al otro lado de la esquina. Y yo le sonreí, casi como una irónia. La felicité, y le dije ¡vaya!. Transcribí mis planes para el día de hoy, y se los di a la chica del otro lado de la esquina. Le dije que porfavor siguiera todo al pie de la letra, y me dijera si realmente funciona. No quería quedar como el pobre bruto que se enamoró de una chica, quien se había enamorado de otra chica que vivia al otro lado de una esquina. Al menos otra persona encarnaría mi sueño, y sería parte de una noche lésbica y metafísica.

domingo, julio 01, 2007

Shhhh

Me contabas que te había sucedido denuevo, que habías entrado a esa fiesta sin ninguna expectativa y te la habías encontrado en su mejor vestido sonriendote. Y tú que no pecabas de majadería, no le dijiste nada, ni siquiera eras capaz de mirarla; porque caías siempre ante sus ojos, y ante eso no había nada que hacer. Te sentías culpable de eso, llevabas ese secreto enclaustrado dentro tuyo, y siempre pensaste que no decirle nada te hacía una mierda de persona. Probablemente lo eras.

Entonces, mientras pensabas eso, ella se te acercó y te susurró algo que tú nunca me dijiste. A mi siempre me ocultaste todas estas cosas, siendo que sabías que no te reprocharía algo así. Fue ahí cuando me dijiste que te habías enamorado de ella, pero que no querías decirle.

- Por la misma puta! - me dijiste. Yo te respondi que era una idiotez no confesárselo. Por un momento pensé que recapacitarías y le dirías la verdad, pero no, al final nunca lo hiciste.

Ahora te carcomía el hecho de mirarla, y saber que nunca sería tuya. Te apretaba la garganta, tenerla tan cerca y ni siquiera atreverte a rozarla.

Siempre fuiste idiota - en ese sentido - siempre fuiste cobarde. Por qué ella te quería de la misma forma que tú a ella. Y el estúpido silencio que existió en ese sentido, terminó enloqueciendote.

Y enloqueciste de tenerla tan cerca y no poder decirle nada. Nada. Ni una palabra sobre el tema. Te congelaba el miedo de sentirte fuera de lugar, en otra galaxia. Te daba miedo ir contra las reglas, siendo que siempre pregonaste que eras rebelde.

Años despúes te encontré tomando café en un viejo local en el centro. Ni me miraste, no querías que te preguntara por ella. Me dijiste que la amabas, y que a veces la mirabas a lo lejos, pero nunca ibas a saludarla. Te conté, ese día, que ella también te amo a tí. Pero tú no quisiste creerme, preferías vivir con la idea de que el amor imposible existía de por sí. No querías escuchar esas fracecillas esperanzadoras que decían que el amor imposible, lo es, debido a que alguien lo hizo asi. Terminaste tu taza de café, y me dejaste su foto en la mesa.

Yo te miré salir tranquilamente. Hace años que te amaba, pero nunca te diría nada.

sábado, junio 02, 2007

Persona incendiada


Este cuento ha sido escrito exclusivamente para retratar mi visión abstracta de mi queridisima amiga, Isidora Cousiño, y regalárselo de alguna u otra forma por agradecimiento. Voy a confesar que es tan enigmática y RARA, que se ha transformado en una gran musa de insipiración


Persona incendiada

Aquella niña de ojos verdes era llamada desafortunada por ser un imán de situaciones retorcidas. La perseguían personas sacadas de cuentos de Poe; mezcla de poetas y locos, de depresivos y genios, de sonámbulos despiertos. Entre más huia, más atrapada se encontraba dentro de aquellas murallas con vestidos de princesas incendiadas. Ella no quería quemarse pensando que moriría, pero ¡cuan equivocada estaba!, definitivamente no lo haría.

Una vez le conté la historia sobre la existencia de dos tipos de personas: las que se incendiaban y las que no. Ella me sugirió que ella jamás se quemaría. Yo me reí de su tierna ingenuidad, porque nadie elige que quiere ser, sino quien debe ser. Ella observó un instante los jardines de girasoles que la rodeaban y se dispuso a no seguir escapando. En ese mometno comenzó a incendiarse y yo sonreí.

Por fin podríamos ir a tomarnos un café.

viernes, mayo 04, 2007

Fotos


A ella le encantaban las fotos, aparecer en ellas y practicar distintas caras para siempre salir espectacular. Ella era una modelo de primera, que había crecido bajo flashes y típicas frases como "sonríe" o "diga whisky". Había cultivado su cuerpo para ampliar la visión de la cámara, y se sometía a los aparatos de última tecnología. Lo único que se le oponía a su fructífera carrera era su viaje y oxidada tía. Una señora medio loca que había vivido en la selva amazónica casi toda su vida. Esta señora siempre le decía: "No se saque tanta foto, porque esas máquinas le roban el alma a una".
La modelo entre risas murmuraba ¡bah que estupidez!, y enseguida la vieja tía era motivo de burla.

Un día la joven apareció muerta.

Efectivamente las cámaras fotográficas le habían quitado el alma, pero no por las fotos precisamente. La tía le había arrojado todos los aparatos que había juntado durante años (cerca de 200 cámaras) con una fuerza impresionante, hasta que le rompió la cabeza.

Ahora la anciana no habla de que las cámaras roban el alma,sino que repite la frase: "el que ríe último, ríe mejor"


miércoles, febrero 14, 2007

Noche


La habitación oscura, puntos centellantes. La mujer lejos de su cama se apoyaba contra la puerta, fijando su mirada en la escasa luz que se asomaba por la rendija de la manija. No había ruido. El silencio gritaba con sus fauces entreabiertas. Apoyó su pupila contra el orificio; no veía nada. En un instante observó una puerta abriéndose y un torso masculino. El silencio calló por un momento, una mosca voló y un cigarrillo se apagó. Los segundos parecían minutos, y estos eran crueles horas asustadas. El torso desnudo del hombre desapareció. La mujer tembló. De un segundo a otro sintió como giraba su mirada. El sudor corría por la cara y el miedo paralizaba sus extermidades. Los ruidos no aparecían, estaban ocultos en una esquina. El hombre dejó de ver y reía. Reía como un loco, como un maldito psicópata afilando su cuchillo para enterrarselo a su víctima, esperando que ésta aullara empapada de sangre. La puerta se cerró, y la escasa luz desapareció.

martes, febrero 13, 2007

Hoy fumé


Hoy caminé hasta mi casa, escuchando a Enrique Bunbury. Un tipo se me acercó para pedirme un cigarro, pero yo jamás tengo cigarros, y cuando tengo, nisiquiera me los fumo. Me entretiene mirarlos lentamente, y despedazarlos para ver cuanto tabaco pueden contener. Asique le pedi disculpas por no tener un cigarrillo hediondo para darle. Él frunció el ceño, y sacó un dedo del bolsillo; su dedo pulgar. Estaba ensangrentado, pero al parecer, había sido arrancado con un par de palos de fósforos, por lo que aún se veian unos moretones asquerosos y alguna que otra mancha de una mezcla entre saliva y pus. Sonreí,y luego me reí largamente. ¡qué cómico el tipo!. Tomé el dedo, y se lo agradecí. El tipo me devolvió la sonrisa, y se fue caminando directamente hacia Apoquindo, en busca de una cerveza. Yo miré mi nuevo tesoro atentamente; un verdadero dedo pulgar sin mano - pensé -. Saqué de mi bolso mi encendedor, me puse el dedo entre los labios, y lo encendí. Echaba bocanadas de humo, pero nuevamente, recordé cúan agradable era fumar. Y entre bocanadas, me fui directo a mi casa.

sábado, enero 20, 2007

Bajo tierra y el Lobo


Había pasado un tiempo desde que nosotros ya no estabamos juntos, desde en que por un error tuve que apartarte de mi lado, porque ya no podía contigo. Discutimos levemente, pero tú estabas borracho en ese entonces y levantabas la voz enrojecido por tu propia sangre; gritabas muy fuerte, tanto en que yo temblé. Traté de calmarte levantando mi voz, pero todo fue inútil, tú vencias en ese sentido. Tu cara enrojecida ardia ya de calor y tus ojos claros permanecían fijos en mi rostro inyectados de sangre. Traté de irme pacificamente, te prometo que yo jamás quise que esto pasara. Abrí suavemente la puerta mientras tus gritos y los platos en las paredes inundaban el sonido de nuestra pequeña casa llena de girasoles; sabias que yo quería terminar todo esto. Fue entonces cuando tú ya no eras humano, sino un lobo hambriento. Los pelos te salían por los poros de forma acelerado, afilados tus dientes trataste de morderme y tu altura perdio importancia al verte reducido a las cuatro patas. Babiabas mucho, demasiado talvez. Fue entonces cuando te arrojaste sobre mí para devorarme, lástima que no lo lograste. Sangre, en efecto. Tus dientes habían penetrado mi suave piel haciendome sangrar litros de ese liquido. Perdí la conciencia, imagino que tu también. Escuché que despertaste al dia siguiente y me buscaste para disculparte. Pero era demasiado tarde. Yo había despertado en un cajón oscuro con olor a tierra; y todos saben que en esos cajones uno jamás debería despertar.

sábado, enero 06, 2007

Dije que te llamaría


No importa cuanto llames, cuanto hagas sonar mi teléfono esperando que yo levante el auricular, no importa si te contesto, y tampoco importa si decido colgarte. Apreté el número de tu casa por última vez, sólo por curiosidad, creo que quería cerciorarme de que siguieras con vida; y así fue. Tu voz algo tosca susurró un: alo?, algo curioso y burlesco. Como si supieras que era yo, como si quisieras volver a ridiculizarme y verme con la cara roja al otro lado de la línea. Te reíste para tus adentros, eso lo sé muy bien, conozco como respiras cuando haces eso. Sentía tu respirar por el auricular, y te colgué. Te colgué con el cinturón que encontré junto a tu cama, y ahí te ahogaste. Te demoraste en morir, te balanceabas, pero a final de cuentas, tu cuello se quebró y tus ojos abiertos ya no miraban. Me fui rápidamente de aquel lugar. Te volví a llamar cuando llegué a mi casa, quizás para cerciorarme que estuvieras viva, pero no. Nunca contestaste las llamadas.

sábado, diciembre 30, 2006

HUIDA. mezcla perfecta de realidad con gusto

Abrió el cajón de golpe en busca de las pocas monedas que esperaba encontrar, pero ella sabía de antes lo que había en aquel mueble – nada- pensaba mientras se metía los dedos en los bolsillos soñando con que Dios le pondría mágicamente billetes en ellos. Que burda fantasía – le comentaba él – no sigas buscando, tenemos que pedir ayuda a alguien. Salomé le echó una mirada de aprobación con sus ojos que divagaban entre el azul y el verde; asintió con la cabeza mientras jugaba nerviosamente con su pelo rubio. Se levantó lentamente y abrazó a Cristián con los ojos humedecidos. El Sol de las doce no les tenía piedad. Cristián sin cambiar su rostro apesumbrado la soltó lentamente; tenía una mirada triste que trataba de disimular.

Ninguno de los dos tenían celulares para llamar. Él la miró tiernamente, como si fuera su única salvación. Salomé entendió y buscó alguna moneda. Tenían que pedir ayuda.

Una moneda de cien pesos brillaba opulenta en el fondo de la cartera, ella la tomó entre sus pequeños y temblorosos dedos, le dio un beso de despedida y la metió en el teléfono público. Sonaba despacio, había mucho ruido alrededor, eran las cinco de la tarde en el centro de Santiago; a la gente no le importan los problemas ajenos.

Aló? – contestó una mujer al otro lado de la línea

Amiga, necesito plata

¿Para qué? – ella odiaba prestar plata, y odiaba contestar el celular cuando estaba ocupada. Sobretodo si estaba tomando café con sus amigos, y compartiendo un minuto muy agradable. Salomé la había llamado amiga, y eso cambiaba todo.

No puedo decirte. ¿Dónde estás? – su voz se urgía cada vez más. La mujer de la otra línea lanzó un suspiro y dijo a regañadientes: donde siempre

Se cortó la comunicación. Ellos dos sabían que era su única posibilidad acudir a Virginia, ella sabía lo que tenían que hacer y nunca les negaría ayuda. Tomaron sus mochilas, su botella de agua y fueron en busca de una micro que los llevaría al lugar.

Hace tres días que había escapado de su casa. Ella decidió seguirlo. Habían visitado diversos moteles, hoteles y hosterías en el centro para encontrar algún lugar apropiado donde quedarse solos, les gustaba la aventura. La música que acompañaba esta situación tenía un toque de Punk, pero ellos no la escuchaban, sólo se oían entre sí. Encontraron un lugar en medio de la calle Santo Domingo, tenía pocos muebles, olía a sexo y lo administraba una señora bastante anciana. Dos anteojos gruesos le cubrían el rostro, sus arrugas no le permitían ver con claridad, escupía una saliva verde y viscosa que caía levemente por su cara totalmente demacrada.

¿En que les ayudo? – dijo forzando la voz

Queremos pasar dos noches aquí.

No tienes dinero, hijo

La vieja lo sabía muy bien, es por eso que decidieron buscar plata donde Virginia, que estaba tomando café en algún lugar de la ciudad. Ya habían conseguido una micro que los llevara por doscientos pesos, no habían comido en todo el día y tampoco podían hacerlo; escaseaban de monedas. Llegaron finalmente a destino, transpirados, con heridas en los pies y ojos totalmente desorbitados. Ella corrió donde Virginia, que la miró entre risas y disgusto. No obstante él se alejó afligido, no quería que vieran su rostro, por lo que simplemente esperó en la puerta, deseando un poco de su ayuda. Salomé confiaba en Virginia, la conocía. Fingió estar despreocupada realmente y le rebeló todo su problema entre risas y congoja. Virginia desaprobó la idea totalmente, pero aun así sabía que Salomé tenía mejores razones, las que ella no podía entender. Es por eso que le tendió un billete sin pensarlo demasiado.

- ¿No tienes más? – preguntó desconsolada. Los amigos de Virginia comenzaban a molestarse por dicha interrupción.

Virginia terminó de sorber el café, mordisqueaba el vaso desesperada, no quería responder dicha pregunta porque sabía las consecuencias.

Sí, pero en mi casa.

¿Queda muy lejos?

No – Virginia se había levantado de la mesa para no perturbar la conversación de sus compañeros.

Ella pequeña y débil, con una tos famélica, le rogó que le prestara más jurando que se la devolviera lo antes posible. Virginia que no tenía intención alguna de separarse de su agradable compañía tuvo que ceder casi por un tema moral. Caminaron rápidamente unas cinco cuadras hasta llegar al departamento. El aire era tenso, Virginia estaba molesta y este par totalmente agobiados. Le entregó más plata y les sirvió un vaso de bebida; se negó a dar abrazos y los despidió a su suerte. En ese momento Salomé y Cristián estaban solos, sin nadie que los ayudara, con algo de plata y callos en los pies. Habían logrado ocultar perfectamente su examen de VIH, que los había condenado a escapar. Virginia lo sabia, siempre lo intuyo, pero prefirió considerarlo una mentira. Salomé nunca se lo dijo y Cristián lo calló.

Volvieron a duras penas a su hostería, sus pies sangraban y sus ojos no dejaban de llorar por la desesperación. Sucios, mal vestidos, hambrientos. Sabían que morirían. Llevaban meses sabiendo. Habían decidido huir para hacerlo a solas, ya que ambos dos eran causa del otro; consecuencia de muerte. Entraron a la habitación de paredes rasgadas, fecas en el suelo y manchas de gonorrea en los cojines. No podían alegar, era su destino. Se tendieron uno al lado del otro en la cama, se tomaron de las manos y comenzaron a contar en forma regresiva. Ambos lloraban, nadie los acompañaría, ni siquiera ellos estaban juntos, simplemente tenían que morir. Romeo y Julieta se habrían encontrado en ellos dos, ambas parejas tenían ese color a drama y ese destino tan desgraciado.

Oscureció temprano ese día, se nublo el cielo mucho antes de lo que esperaban, pero ese eclipse sólo lo vieron ellos; los demás gozaban del calor de un día de Diciembre. Las toses ensangrentadas llenaron la vieja pieza, el color verdoso de la cara hacía que sus rostros se buscaran más y eso hacían, aunque con miedo, como esperando que todo terminará ya. La enfermedad llegaba a la recta final, no quería seguir manteniendo la existencia de aquellos dos, quería apartarlos del camino. Las luces se apagaron, y la puerta se abrió. Entró Virginia con un caminar lento, miró de reojo la habitación y se sonrío. Cristián y Salomé no entendían nada, ninguno se alegró por la llegada; temían ser descubiertos.

¿Te sirvió la plata que te preste? – dijo Virginia sin mirarlos

No la hemos gastado aún, amiga – dijo entre toses.

Virginia emanó una sonrisa. Cristián y Salomé yacían abrazados en el sofá, transpiraban de nervio y de miedo; sus ojos de plato miraban buscando algo, alguna salida, alguna oportunidad. Virginia se sentó frente a ellos y les susurró – me arrepentí de prestarla-. Acto seguido, una bala atravesó los dos cráneos y plasmó más sangre en las paredes, con la diferencia, de que ésta estaba fresca. El hedor salió de los cuerpos inmediatamente, como si ya hubieran muerto hace tiempo; no se podía respirar allí. Virginia tanteó los bolsillos y encontró su dinero. Salió de la habitación con él, se subió a la micro, y se fue de compras navideñas.

No es bueno prestar plata – se dijo para sí.

lunes, noviembre 27, 2006

No Puedo Dormir


La puerta grisácea se abría sacando a la luz el paisaje que existía dentro de la habitación; ese lugar salvaje y caricaturesco, repleto de pequeñas estatuas religiosas, que miraban acechantes con sus ojos de vidrios. Eran dos pequeños agujeros, que habían sido llenados con ese cristal que les daba una vida tétrica a las figuritas, que los envolvía en un aura misteriosa y los convertía en los culpables de cualquier asesinato. El niño las miraba toda la noche, como si realmente esperara que bajaran de sobre la chimenea, y se dispusieran a clavarle cuchillo tras cuchillo, mientras reían nerviosos. No despegaba sus dos ojitos de ellas, le parecía insólito conciliar el sueño mientras los ojos vidriosos se mantuvieran ahí, esperando. Cuando los párpados le comenzaban a caer, ya aburridos de tanta niñería, se cubría con la sabana hasta la cabeza y dormía.

No hay nadie ahí, deja de mirar con esos ojos – insistió

Cualquier palabra le parecía absurda, él sabía lo que iba a suceder; eran tan obvios, tan lógicos, que no comprendía porque tanta burla. Esas figuras iban a descender de sus lugares, cargados de armas punzantes e iban a destrozar su cuerpo, lamiendo la sangre y riendo. Él podía imaginar esas risas, violentas y crueles; absurdas y asesinas. Veía a las figuras ultrajando a su madre, mientras que las del otro lado de la chimenea abrían el cuerpo de su padre en busca de los órganos vitales, únicamente para abastecerse de comida. Eran unas figuras bastante hambrientas. A él lo único que le harían sería destrozarlo con armas punzantes, junto con esas risas circulando por toda la habitación, que iban llenando cada espacio de la casa como si quisieran asfixiarlos de tanto ruido.

¡¡¡No hay nadie ahí, deja de mirar con esos ojos!!! - gritaba

Era demasiado, en su cabeza todas las imágenes lo dejaban boquiabierto, nervioso y casi esquizofrénico. Escupía con frecuencia y chillaba. No podía sacarse las fotografías de su madre violada, ni de su padre descuartizado, ni mucho menos su propio rostro demacrado por las cuchilladas. Era insoportable. Tomó a su madre de los brazos empujándola hacia la pared, y mientras la callaba con los puños su falo circulaba violentamente por las piernas, hasta adentrarse bruscamente. La imagen de su mente se fue acallando, había sido remplazado por los gritos ahogados de la madre, que sin esperar mucho rato, cayó en una inconciencia fatal. Su padre en tanto, subiendo las escaleras rápidamente, al escuchar tanto golpeteo y ruido, se encontró con su hijo mayor con una vieja espada africana en la mano.

¿Qué es todo esto? Te dije que no había nadie ahí, deja de mirarme con esos ojos.

Era muy tarde, la espada aun con filo había atravesado el cuerpo senil del padre, dejando al descubierto la interioridad física de este. Revolvía la espada dentro del estómago como si fuera una sopa casera, y así, logró encontrar el corazón, un pulmón y claro, su favorito, el hígado. Se los metió de una a la boca, teniendo cuidado con no atragantarse; masticándolos lentamente y sonriendo. Sí, sonreía, ya no tenía esa imagen en la cabeza. Sacó la espada del cuerpo blanco del padre, y empezó a enterrársela una y otra , otra vez. Lo hizo hasta que olvido respirar. No quedaba ya ninguna imagen, podía dormir en paz.

martes, noviembre 21, 2006

Estrella


Atrapada. Aplastada. Confundida. La mano que se alza para tratar de tocar su estrella, pero no puede, se encuentra demasiado lejana. No importa cuanto estires tu brazo, ni cuanto vuelves para tratar de dar con ella; simplemente se queda lejos. Fría, indiferente, con sus brazos cruzados, perdida, mirando a otros, hacia otro lugar lejano. Esa era la estrella, que probablemente, no era mia, sino que era el astro de otros. Otras personas muy lejanas a mí, personas que no se relacionaban en nada conmigo, y que nisiquera se parecían a mí. Personas que tenían su atención, que podrían manosearla sin ningún pudor, que podían atraerla hacia ellos, logrando así la comunión perfecta.

Me había tentado con palabras pomposas, con juegos absurdos, y con ese parecido magistral a mi estrella primera; ya muerta con el paso del tiempo. Pero al final, no era nada. No era lo que yo buscaba en una estrella, se había logrado convertir en algo nuevo, en algo mejor; pero aun así, era demasiado lejana. Y yo no podía alcanzarla. Nunca podré. No es mi estrella, es la de otros.

Es por eso, que decidí olvidarla, decidí apartarla de mi; para que no lograra jamás ocasionar algún tipo de daño. Porque, probablemente, tenía la potencialidad de hacerlo, contituia todas las caracteristicas para eso. Fría, indiferente, con brazos cruzados, perdida. Miraba a otros. Miraba hacia otro lado.

Uno se aburre de viajar sin rumbo, de querer algo que no es para uno, de volcarse en torno a un ideal y que éste sea mero producto de la imaginación de algunos. Esa estrella, cruel, no era para mí....y ella no lo sabe. Quizás nunca lo sabrá

martes, noviembre 07, 2006

Jazz, si, jazz


Había caminado inagotablemente por un frio callejón, me había mojado los zapatos con las pozas de agua, y tambien había tratado de cobijar mi cabeza bajo el diario de ayer. Era de noche, y hacía mucho frio, yo tiritiraba de pies a cabeza, acelerando el paso para tratar de llegar a algún lugar agradable. El callejón terminaba en una puerta roja que brillaba, su metal estaba pálido, pero de adentro se escuchaba un alboroto silencioso; por un momento sentí que allí se encontraban las vibraciones que se ondulaban al paso de los compases. Toqué la puerta imitando una partitura de cuatro tiempos. Me abrió una melancólica mezcla de Charlie Parker con Carlos Gardel.

- No te esperamos todavía, no te queremos ahora; quizás ayer o en un tiempo

Da lo mismo, entré.

Las paredes perdían sus colores, se desteñian lentamente con un poderoso cloro que nunca existió. Habían meses cuadradas por todo el lugar, pero yo no tenía silla. En el escenario tocaba una banda de jazz veneciano; y mientras interpretaban 'el cholulo', me tomé un vaso de aguardiente. El ruido comenzó a chirriar, me llegaban ondas acechantes en la cabeza junto con aplausos mediocres de un sinfin de historias banales. Otro vaso de aguardiente. Se me acercó un hada para ofrecerme un verde brebaje, y claro, lo acepté. Fue en ese entonces cuando el jazz ya no tenía sentido para mí, lo único que podía sacarme de la inercia era ese cometa azul que bailaba por sobre mi cabeza. A mi no me gustan los cometas, les tengo miedo; pero ese era diferente. El me queria. Nunca me lo dijo, pero yo siempre lo supe. Me queria tanto como la mezcla de Gardel con Parker. Me quería tanto como esa mesa sin sillas, y me quería tanto como yo a él.


Un día me confesó que amaba a otra, y qeu yo ya no era importante para él. Creo que fue en el momento que me convertí en la partitura de ''All of me'' de Charlie Parker. A él nunca le gustó mi obsesión por ser una partitura, quizás por eso me dejó. Y el aguardiente tampoco le gustaba. A mi sí, por eso me metí a ese bar añejo. Por eso caminaba por los callejones fríos y solitarios; por eso le obedecí al hada. Y dejenme confesarles que por eso me enamoré de él.


- No te queremos ahora - repitieron
- Yo tampoco lo hago
- Entonces?
- Podríamos tocar Summertime

Y asi lo hicieron. El bar añejo cubierto de artistas con olor a tabaco, se llenó de admiradores del jazz. Y sucesivamente, fueron tocando viejas canciones, como si quisieran recordarme que el cometa seguía vivo. Yo nunca les creí, y en ese momento, abandoné el lugar por el mismo callejón por donde llegué. Algunos siguen murmurando. Yo simplemente los ignoro, y aun sigo siendo la vieja partitura.


viernes, noviembre 03, 2006

Vino añejo



No importa si Fernanda quería seguir hablando de eso, claramente a mi no me interesaba lo que iba saliendo de sus labios; como si aquellos pudieran representar alguna faceta nueva dentro de la banalidad de su rostro. No me interesaba tampoco saber que su copa de vino se estaba acabando, ella quería que yo le pidiera otra, pero no lo iba a hacer. Da lo mismo si yo le pedí la primera copa de vino, y claramente, tampoco es relevante que éste haya sido tinto. Yo no quería hablar de eso en el minuto, pero ella insistía. Me acordaba que alguna vez estuve en París, y que caminando por Montmartre, iba pensando como sería ir a tomarse diariamente una copa de vino allí; yo quería hacerlo, quería una copa de tinto alrededor de una mesa empapada de novedad.

Aquella plaza central llena de pintores con curiosas habilidades, algunos turistas despiadados, y repleto de tiendecillas de souvenires estúpidos diseñados para la gente con características similares. Caminar por allí, con un cigarrillo en mano, era bastante placentero; sobretodo porque a nadie le importaba quien eras y la razón de tu embriaguez. Al contrario, era más interesante saber las consecuencias, y escuchar discursos incoherentes, pero con un sentido mucho más hermoso. Así que me decidí a entrar a uno de esos bares de la ciudad, y en el momento que lo hice, ella seguía parloteando. Me hablaba de su fin de semana, mientras yo sonreía falsamente pareciendo entretenido; obviamente no lo estaba, ni me interesaba estarlo. A pesar de su habladuría, yo estaba instalada en Francia tomándome unas copas de vino, y tratando de explicar la razón a mi escepticismo, mientras un par de viejos sabios me miraban como interrogándome interiormente.

Empecé a entablar conversación con mis pares, y entre copa y copa, me fui navegando por un mundo paralelo; aquel país de nunca jamás que siempre anhelamos. El lugar ideal para irse a descansar, a pasear lejos de cualquier presión, de cualquier conversación banal, de cualquier habladuría que no me interesa, como la que estaba teniendo en frente mío. Nunca he querido crecer, por eso me obsesioné con Peter Pan y el vino tinto. Así que me despedí cordialmente de Fernanda, mi interlocutora, interrumpiéndola en su discurso que nunca escuché; y me fui con mi copa de vino a recorrer el Barrio Latino.