
tratando de sonreír.
Mi princesa canta,
para olvidar llorar.
Mi princesa me saca una lágrima,
cada vez que la veo creer.
cada vez que la veo llorar,
cada vez que la veo reír.
Mi princesa me recuerda
que aún me queda sangre vital.
Te amo, linda.
Una boina se aburrió de sus viejos zapatos, y decidió ir descalza
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No creo en la fugacidad de esta ciudad
ni en los lamentos propios del gris paisaje,
- esas voces tristes que llenan los silencios -
Me detendré un momento
y esbozare mi sonrisa
para regalártela.
Esta vez los lirios,
se arrojaran lejos.
No hay tiempo para flores
ni siquiera sé si me agradan
- su tenacidad reacia a mi persona -
¿Me acompañaras a perder la ciudad?
¿O seguiremos el camino
de las librerías
atestadas lo que algún día será nuestro?
Olvidaremos un momento,
los ruidos molestos de las calles
- nada más bello que el silencio que se siente -
Coge la mano aplastada por la mediocridad,
aquella suma de huesos que no sostienen la pluma..
Sostenla, por favor sostenla
Juro llevarte a pasear
por todas las esquinas de los montes,
por las callejuelas históricas
- a tomar café en medio de la noche -






















Alejandra no había podido conciliar el sueño esa noche, se encontraba perdida y vagabunda entre sus propios pensamientos. Ni siquiera se atrevía a abrir los ojos, el éxtasis interno la mantenía acalambrada hacia dentro de su propia existencia; gemía en silencio, olvidada. Yacía dentro de su cama, tapada con muchas frazadas que se presionaban contra su frágil cuerpo en tono invasivo, y ella, recogida como un huevo, soltaba una lágrima, una última gota. Se había prometido no llorar nunca por amor, por encontrarlo terriblemente siútico y estúpido, no quería permitirle a nadie tener el gusto de sacar al exterior su fuero interno, pero nunca lo pudo lograr. Sollozaba.
¿Qué te pasa? – le había preguntado María al verla en esa actitud catatónica. Vestida con esos suéteres de hippie de neoliberalismo, la miraba con una preocupación un tanto exagerada. “¿A mi? Nada.” – dijo Alejandra tratando de evadirla, era su mejor amiga, pero siempre la evitaba, como si fuera una plaga, o tuviera alguna enfermedad contagiosa. Le temblaban las manos al verla demasiado cerca, y en ningún caso podía mirarla a los ojos, se turbaba y caía perdida. Se recogía en sus propias sábanas, tratando de escabullirse de todos sus recuerdos, como si quisiera borrarlos de forma rápida y precisa.
“Oye, ¿que te pasa?”- insistió. Atropelladora y ofuscada, María entrecerraba los ojos para mirar a Alejandra y descubrir que cresta tenía. Callaba esperando una respuesta que no venía, que ni existía, que no se concebía en lenguaje verbal. Se mantenía de forma icónica en la cabeza de Alejandra, enferma y silenciosa. Se abstraía y viajaba dentro de las propias páginas de su diario, porque era éste su único, y digo realmente único, confesor de las acciones y pensamientos que se iban emitiendo. María lo sabía, y no le importaba, en realidad no era copuchenta, no le importaba saber cosas que no querían contarle, ni dar especulaciones o inventar cosas. Ella no esperaba nada de nadie, y era así la única forma de que nadie la decepcionaba, en cambio, siempre se llevaba gratas sorpresas. “Te dije que nada” – dijo, y le dio la espalda. La lágrima había salido, aquella que la volvía culpable de todo lo que la propia Alejandra no estaba dispuesta a aceptar. Su excusa, su culpa, su falta. Todo en esa lágrima maldita que se le había escapado por un descuido, por tratar de sobornar a su propia conciencia, dándose cuenta de que es una paradoja hacerlo, por tanto, casi imposible si tenemos en cuenta la perfección de la naturaleza.
“Bueno” – María rendida, desinteresada y preocupada del volante. Había perdido la atención que tuvo por unos segundos, no le gustaba rogar, y mucho menos rogar por algo que en el fondo, no le influía en lo absoluto. O al menos, así lo creía ella. Dieron vuelta a una calle y estacionó en auto con fuerza, para tratar de demostrar que era ella la que tenía realmente el control de la situación. Alejandra abrió la puerta del auto y se sentó en la vereda a fumarse un cigarro.
“María, te quiero” – le dijo entrecortada, respiraba rápido el humo de su cigarro.
“Si, yo también” – le respondió mientras revisaba su billetera, en busca de algún papel o alguna chuchearía del estilo. Alejandra ya no sintió ese frío que tenía en la espalda, no necesitó acurrucarse en su cama a llorar, porque sabía, y de eso estaba segura, que al menos ella la quería.
















Voy a raptarte en un caballo,
Como en los viejos tiempos.
Voy a llevarte a un castillo lejano,
Como en los viejos tiempos.
Voy a darte de comer,
Los mejores platos,
Y adornaré con oro
Cada uno de los rincones
de tu pieza.
Compraré caballos,
Y tendrás lacayos,
Como en los viejos tiempos.
Compartiremos un lugar secreto,
Y conviviremos en silencio,
Como en los viejos tiempos.
Te tendré una novedad.
Que no es antigua.
Todo esto quedará en tus sueños.
Y al cerrar los ojos,
Tendrás las maravillas que te he prometido.
Te rescataré en ellos, y correremos lejos.
En los sueños, en los sueños.
Los viejos tiempos han pasado ya,
Los sueños continúan vivos,
Porque no tienen final.
¡Son eternos!
Te raptare en la eternidad.
Y no te soltaré hasta que se acabe.

En esa calle nos encontramos,
Era primera vez que te miraba a los ojos
Y nunca más puede dejar de hacerlo.
Me mirabas tanto,
Como si fuera la última vez.
Yo de reojo lo hacia también
¡PERO NO QUERIA QUE TE ENTERARAS!
Me ocultaba para verte pasar,
Y tú me mirabas,
Sabiendo de antemano mi escondite.
Me diste un cigarro,
En forma de agradecimiento.
Te gustaba que te mirara.
Y yo te di uno a ti,
Para que lo compartiéramos.
Me dijiste que sí, y me invitaste a un café.
Y yo te mire, nuevamente.
Saque mi cuadernito, y trate de dibujar tus ojos.
No lo logré.
No me gustaban mis dibujos.
Te los pedi,
Tú te asustaste.
¡Escapaste!
Y que deleite saber aquello,
Porque ahora,
No me querías cerca.
Y yo me acercaba mucho,
Y no me veías.
Yo veía tus ojos, y los tenía para mí.
Es secreto, con cuidado.
¡Nunca lo supiste!
El día en que la vejez te llevó,
Tomé tus ojos,
Y los guarde muy cerca de mí.
Ahora eran míos,
Como siempre soñé.
Te habías ido muy lejos,
Pero no me importaba.
Yo quería tus ojos,
Nada más.
Sólo los ojos,
Y nada más

Tú me hablabas ya no sé de qué, llevaba quince minutos sin escucharte; pensaba en las mil y una forma que tendría para darte un beso, para excitarte hasta que enloquecieras. Yo quería enloquecerte, quería que te perdieras dentro de mí, quería que no encontrarás nada más que orgasmos y supieras que por un segundo yo no te estaba escuchando. Tú me seguías hablando de tu vida, de cómo te la estabas tomando, y yo quería sacarte la ropa sin que te dieras cuenta. Quería tocar cada parte de tu cuerpo y sentirte respirar agitadamente a medida que me iba acercando a ti, a medida que nuestros cuerpos se iban fusionando para convertirse en uno sólo.